Sumi RGB

Galería castellana 22
septiembre 2017

 

Visitando la muestra de Rubén Rodrigo Silguero (Salamanca, 1980), en los espacios muy zen de “Castellana 22”, en Madrid, recordé el singular título de una pintura extraordinaria de Barnett Newman, “¿Quién teme al rojo, amarillo y azul?” (1966). No, ciertamente, porque la obra del gran pintor norteamericano pudiera verse como un sólido ascendente iconográfico con respecto al trabajo que ahora analizamos -pues a la perturbadora y anochecida geometría en bordes y esquinas de Newman el artista español opone sin duda un luminoso e impreciso territorio, algo así como establecer una voluptuosa y falsa geometría con el color entendido este como agua derramada y salida de cauce-, pero sí, indudablemente, porque RRS en estas telas parece lanzarnos la misma pregunta ligeramente cambiada: ¿Quién teme al rojo, verde y azul?

El título de la muestra es Sumi_RGB, uniendo en un mismo rótulo la expresión japonesa “sumi-e”, que significa formalizar un determinado territorio o forma a partir de un trazo único, y las siglas RGB (red, green y blue) procedente del lenguaje informático. No son pocos los argumentos teóricos que se pueden extraer y desarrollar de esta doble dialéctica enfrentada (milenaria y serena tradición artística oriental con desquiciado idiolecto informático occidental), pero a mí me interesa especialmente contemplar una disciplina creativa que de una forma u otra viene del fondo de los tiempos (tengamos licencia también nosotros para utilizar una cierta fantasía discursiva), pero que necesariamente debe ser leída esa práctica, interpretada y accionada, desde códigos pertenecientes al más puro presente que habitamos. En arte toda recuperación del pasado, o toda activación vital y compulsiva de referencias admirativas, es siempre una defensa apasionada del tiempo en el que vive el creador. Estoy convencido que lo que más me ha emocionado de estas telas es el compromiso (muy complejo: lo iremos viendo según avance el escrito) del artista con la oceánica diversidad creativa del “hic et nunc” (aquí y ahora), y por citar una frase latina que también avanza hacia nosotros procedente del fondo de los tiempos.

Me gusta mucho la expresión “homeless representation”, que se ha traducido por “representación vacante”, y la traslación creo que aún me interesa mucho más. Pertenece a uno de los más inteligentes críticos y teóricos del siglo XX, Clement Greenberg. Es innegable que en estos impactantes dípticos y trípticos se da una rara dialéctica, o una lógica compleja, entre fondo y figura, o entre lo “vacante” (lo fijo disponible por vacío, lo abierto por desocupado) y su incomprensible representación, porque toda forma artística, por muy abstracta que esta sea, siempre significa “algo”.

Dado que ha surgido, y no existe otra razón, de una mente humana especulativa. Y no, desde luego, por generación espontánea como si se debiera al incierto hacer de esporas transportadas por el viento. En definitiva, no existe la abstracción que nada significa. Pero volvamos a la representación vacante greenbergiana, pues en estas telas es verdaderamente el color el que formaliza e instrumentaliza esa vacía representación por medio de un acontecimiento óptico que también es una objetividad materialista.

Recordemos que Goethe en su “Teoría de los colores” se opuso a la visión meramente física de Newton al afirmar que el color depende, básicamente, de nuestra percepción. Es decir, y volvemos a la obra de nuestro artista, si estas formas de color son representaciones vacantes (he quitado las comillas pero la frase admite todas las que queramos) lo son porque unifican el color y el soporte, el contenido y la forma, en una estricta bidimensionalidad, y donde la mirada fluye con la misma libertad de la acuarela en un azar (muy controlado) que determina y marca su propio flujo pictórico.

No estoy nada seguro de si definiendo a estas magníficas obras como “abstractas” acertamos en la calificación. Es posible que no, por mucho que las situamos en una constante artística desde la primera década del siglo XX. Como gran parte de los términos utilizados en arte, el de “abstracto” también necesita, además de una manita de pintura, una decidida re-semantización, al menos para acercarnos a la compleja polisemia de su voluble significado. Me atrevo a afirmar que estos campos expandidos de color (por favor, nada de “all-over” aunque haya citado a Greenberg) lo que en realidad persiguen en la dimensión oceánica de su “aparecer” es cómo encontrar un medio para expresar el color sin destruirlo. De ahí que estas pinturas son también ejemplos de un proceso creativo que no finalizará jamás: investigan, prueban, estudian, defienden postulados, tantean, desplazan significados y redefinen otros, iluminan territorios oscurecidos por la fatigosa costumbre o “condenan” al frío ostracismo de las no menos fatigosas costumbres de los lugares comunes. Este proceso que acabo de describir es lo que yo entiendo por compromiso creativo. Compromiso que es causa y efecto de que en estas telas asistamos a una inteligente y bella escenografía del abrir y expandir el plano pictórico. Que, ciertamente, es lo mismo que abrir y expandir la capacidad perceptiva del espectador. La demostración de la inteligencia artística posee tantos rostros y posibilidades como la misma inteligencia. De todo ello da lúcida cuenta esta soberbia muestra de Rubén Rodrigo Silguero.

Luis Francisco Pérez